Estampas de inteligencia animal

Fascismo / panóptico / Marzo de 2020

Fernanda Pérez-Gay Juárez

René Descartes pensaba que los animales eran autómatas, seres mecánicos sin pensamientos ni emociones. Para este filósofo la conducta animal era consecuencia de procesos reflejos, de integrar sensación y acción sin ningún tipo de análisis complejo ni experiencia consciente. ¿Qué tan equivocado estaba? Al intentar responder qué piensa o siente un animal nos encontramos con lo que se conoce como el problema de otras mentes, que deriva de la imposibilidad de conocer la vida interior de los otros a través de la mera observación. Las mentes no pueden observarse; sólo la conducta. Si la conducta que observamos es similar a la nuestra concluimos que debe acompañarse de pensamientos y sentires similares a los propios. A esta capacidad para “leer” las mentes de otros se le llama teoría de la mente o mentalización. Cuando, además de observar la conducta del otro, intentamos leer la mente humana, podemos usar el lenguaje para preguntarle: “¿Esto duele? ¿Qué ves ahí? ¿En qué estás pensando?”, y abrir así una ventana al contenido de su mundo mental. Al no poder comunicarnos verbalmente con los animales el problema de otras mentes se complica, dejándonos únicamente con nuestros sistemas cerebrales de mentalización para interpretarlos. Esta tarea se vuelve más difícil mientras más nos alejamos del ser humano en el árbol evolutivo, porque nuestras redes cerebrales de mentalización se basan en patrones humanos de expresión facial y lenguaje corporal. Nos resulta relativamente sencillo interpretar lo que quiere un perro, cuya especie ha evolucionado para desarrollar movilidad expresiva en los músculos faciales y así comunicarse con nosotros, o un chimpancé, que comparte con los humanos 98 por ciento de su ADN. Pero, ¿cómo interpretar la conducta de animales con los que no compartimos expresiones faciales ni lenguaje corporal? Independientemente de estos problemas filosóficos, el estudio de la cognición animal desde la etología, la psicología comparativa y, recientemente, la neurociencia, nos ha mostrado que muchas especies distan de ser autómatas sin raciocinio y son capaces de conductas que se cuentan entre las más complejas del repertorio humano.

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Darwin anotó ya en 1871 que los cantos y trinos de los pájaros eran la más cercana analogía al lenguaje humano. Los cantos de las aves son aprendidos a través de la socialización con los padres, dependen de la región donde viven y conforman diversos dialectos. Si movemos un ave a otra localización geográfica las aves locales reconocerán que es extranjera aunque pertenezcan a la misma especie. Por ello, los etólogos sugieren que los dialectos en el canto de los pájaros representan una forma de transmisión cultural. Ejemplos similares de transmisión cultural de las vocalizaciones también se han observado en cetáceos como las orcas y los delfines.

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Uno de los ejemplos más destacados de inteligencia aviar es el del grupo de los loros (pericos y cacatúas). Los loros aprenden a modificar los sonidos que emiten para que se parezcan más a los que escuchan a su alrededor, y además pueden aprender categorías y conceptos, asociando rostros y objetos con sus nombres. El ejemplo más impresionante ha sido el de Alex, un loro gris africano entrenado durante más de 30 años por la científica Irene Pepperberg. Alex podía identificar y nombrar más de 100 objetos, decir sus colores y formas, si eran más grandes o pequeños y contar hasta seis. Utilizaba frases como “Yo quiero” o “Quiero ir a” y espetaba “No” si no tenía ganas de obedecer las instrucciones de sus interlocutores. El resultado de esta capacidad de aprendizaje vocal y de categorización pone a los loros casi a la par de los simios en términos de capacidades prelingüísticas, pues los loros usan las etiquetas vocales de forma similar a como los simios utilizan los símbolos del lenguaje de señas.

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Según el biólogo Louis Lefebvre los pájaros más inteligentes son los de la familia de los córvidos. Capaces de usar herramientas, resolver problemas con secuencias de hasta ocho pasos, recordar rostros humanos y transmitir este conocimiento a otros cuervos, la razón por la que son considerados los pájaros más brillantes es su capacidad de innovación. Los cuervos desarrollan estrategias flexibles para resolver problemas tanto en cautiverio como en libertad: han sido observados doblando ramitas para hacer ganchos que les ayuden a obtener comida, y esperando a que los semáforos de un cruce cambien a verde para arrojar una nuez al paso peatonal, de modo que un auto la aplaste y así rompa la cáscara, entre muchas otras conductas que implican inferencias complejas y adaptación a las circunstancias. Haciendo referencia a esta gran capacidad de innovación, antes considerada casi exclusiva de humanos y primates, Lefebvre dice que “no sólo somos simios desnudos, también somos cuervos sin plumas”.

Edvard Munch, Alfas Nachkommen, 1909

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Sin duda los más enigmáticos en la fiesta de la inteligencia animal son los cefalópodos (pulpos, sepias y calamares), únicos invertebrados con un cerebro grande y complejo. Nuestro último ancestro común es un pequeño gusano plano que vivió hace 600 millones de años y que no tenía cerebro sino una sencilla red de neuronas interconectadas que organizaba sus conductas básicas: comer y reproducirse. Esto significa que los cerebros complejos y las conductas inteligentes de los cefalópodos y los primates son el resultado de dos experimentos evolutivos completamente distintos.

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El filósofo Peter Godfrey-Smith sugiere que dentro de las “otras” mentes no hay mente inteligente más distinta a la nuestra que la de los cefalópodos. Los pulpos, que han sido los más estudiados de este grupo, han aprendido a navegar en laberintos, resolver rompecabezas y abrir frascos de rosca desde dentro. Más allá de los experimentos en cautiverio han sido observados utilizando herramientas de forma innovadora, escondiéndose dentro de cáscaras de coco, utilizando conchas de otros animales para protegerse de depredadores y formando pilas de rocas para proteger la entrada a sus guaridas. Los pulpos también interactúan con objetos por curiosidad (sin esperar obtener recompensa alguna), lo que se considera una forma de juego y requiere cognición avanzada.

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Los pulpos cooperan poco con los investigadores que buscan estudiarlos. Expertos escapistas, abundan las anécdotas de individuos que se escapan de sus tanques, rompen las tapas de sus peceras y arrojan chorros de agua a presión a las lámparas de los laboratorios o a las caras de los investigadores. Estas anécdotas sugieren no solamente que son capaces de recordar y reconocer rostros humanos: algunos de los científicos que han trabajado con ellos aseguran que tienen conocimiento de su cautiverio y por ello modifican su conducta cuando están en el laboratorio.

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La piel de los cefalópodos es una pantalla controlada directamente por sus cerebros, constituida por millones de pequeños sacos de pigmento llamados cromatóforos. ¿Qué significan los coloridos cambios de patrones en la piel de los cefalópodos? Los pulpos utilizan este mecanismo de forma sorprendente y vertiginosa para camuflarse con lo que los rodea y engañar a los depredadores, y los calamares y sepias muestran patrones específicos en la piel durante el cortejo y cuando luchan con otro animal. Pero lo más interesante es que tanto sepias como pulpos han sido observados mostrando patrones dinámicos y caleidoscópicos de colores y formas en momentos de reposo.

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Las proyecciones asombrosas en la piel de los cefalópodos intrigan a los investigadores, que suponen que corresponden de alguna forma a los procesos internos de su sistema nervioso. Esta hipótesis se vio reforzada recientemente tras la observación de los fascinantes cambios de color de un pulpo mientras dormía. ¿Serían estas proyecciones algún indicador de actividad mental similar a los sueños humanos? Si la piel de los pulpos es una ventana a su actividad mental no contamos ni con el conocimiento ni con las capacidades para interpretar los patrones que allí aparecen. Esta situación nos recuerda el título del libro sobre cognición animal del etólogo Frans de Waal: ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? Tal vez no somos suficientemente inteligentes para entender la inteligencia de los animales.

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Si bien el comportamiento “inteligente” no es una prueba de conciencia o sensibilidad (como lo ejemplifica el problema de las otras mentes) invito al lector a olvidarse por un momento de dilemas epistemológicos. Si estos animales son capaces de tales hazañas y comportamientos y sus sistemas nerviosos están compuestos de neuronas al igual que los nuestros, ¿por qué dudar de que sean capaces de sentir, de experimentar estados placenteros o dolorosos? Conocer más sobre las conductas, capacidades y formas de vida animal echa a andar nuestros sistemas cerebrales de mentalización y despierta nuestra empatía. Es sin duda una espada de doble filo: mientras más conocemos y nos alejamos de la noción de Descartes de los animales como “máquinas bestiales” más difícil resulta permanecer indiferentes ante nuestro estilo de vida basado en la explotación animal, o ante la inminente crisis ambiental que amenaza con hacer desaparecer cientos de miles de especies.

Imagen de portada: Ilustración en Albertus Seba, Thesaurus rerum naturalium, Amstelaedami, J. Wetstenium & Gul Smith & Janssoni O. Waesbergios, Ámsterdam, 1734