El país de los gatos
Leer pdf¿De qué me había servido quitarme las cadenas si igual no era libre? Pero no iba a dejar que esos pensamientos me desanimaran. No tenía ninguna obligación con la gente gato de vigilar esta cueva. Guardé la pistola y los fósforos y, agarrándome de la cuerda, comencé a trepar por la pared. En cuanto asomé la cabeza me enfrenté a una cortina de un gris oscuro. No era la oscuridad de la noche, sino una suerte de bruma caliente sin niebla. Me impulsé hacia arriba y salté. ¿Y ahora hacia dónde camino? Había perdido ocho décimas partes de la valentía que había tenido adentro. No había gente, ni luces ni sonidos. En el horizonte vislumbré un bosque. Quizás no estaba tan lejos, pero era imposible calcular las distancias en medio de la bruma gris. ¿Tendría la valentía para entrar en el bosque? ¿Qué animales salvajes habría al acecho? Levanté la mirada hacia las estrellas. Sólo podía distinguir algunas de las más grandes emitiendo un leve brillo rojizo en el cielo ceniciento. Regresó la sed, y esta vez también el hambre. Mi falta de destreza y experiencia excluyó de inmediato la posibilidad de una caza nocturna, y esto suponiendo que sería capaz de congeniar con las bestias del bosque. Por suerte no hacía frío; al parecer en Marte uno podría andar desnudo día y noche sin enfermarse. Me senté apoyado en la base del muro y observé las pocas estrellas que poblaban el cielo y el bosque lejano. No me atrevía a pensar en nada, pues a veces hasta el más tonto de los pensamientos puede detonar las lágrimas de un hombre. La soledad es, sin duda, mucho más insoportable que cualquier dolor. Así me quedé sentado un buen rato. Poco a poco perdí la fuerza incluso para mantener los ojos abiertos y, sin embargo, no me atrevía a dormirme. Los cerraba un momento y, casi de inmediato, los volvía a abrir con gran esfuerzo tras un sobresalto, sólo para que nuevamente volvieran a caer por su propio peso. Me pareció ver una sombra oscura, pero desapareció al enfocarla. Por un segundo pensé haber visto un fantasma. De inmediato me reprendí por pensar semejante tontería. Volví a cerrar los ojos, pero, en cuanto lo hice una extraña inquietud me impulsó a abrirlos nuevamente y… otra vez la sombra. Más tardé en verla que ella en desaparecer. Se me pusieron los pelos de punta; no estaba dentro de mis planes cazar fantasmas en Marte. Ya no pude volver a cerrar los ojos. No pasó nada durante mucho tiempo. Hice como que me dormía, pero dejé abierta una rendija de mis ojos. Y allí estaba, otra vez, aquella sombra. Para ese momento ya no tenía miedo. Desde luego que no se trataba de un fantasma, sino de un hombre gato. La visión de la gente gato tenía que estar muy desarrollada porque, al parecer, podía ver mis ojos abrirse y cerrarse desde muy lejos. Esperé ahí, nervioso y emocionado casi al punto de contener la respiración. Cuando se acercara a mí sería capaz de enfrentármele, fuera quien fuera. Era como si me sintiera infinitamente superior a la gente gato, aunque no sabría explicar por qué. ¿Quizás porque tenía un arma? Ridículo… El tiempo aquí no tenía ningún valor. Pareció que pasaron siglos antes de que el hombre gato estuviera cerca de mí. Cada nuevo movimiento parecía tomarle varios minutos, como si en cada paso cargara consigo la cautela acumulada de toda su historia. Un paso hacia el este, otro hacia el oeste; se agachaba y volvía a levantarse lentamente; giraba a la izquierda, retrocedía y caía tendido en el suelo como un copo de nieve. Se arrastraba un poco hacia delante y luego arqueaba la espalda nuevamente… Así debe ser como los gatos jóvenes practican la caza nocturna del ratón, ¡fascinante! De yo hacer cualquier movimiento, incluso abrir un ojo, él podría salir corriendo por fuera de los límites del espacio. No me moví y pretendí tener los ojos cerrados, pero mantuve abierta la pequeña rendija entre ellos. Me di cuenta de que, más que tener intenciones hostiles, tenía miedo de que yo le hiciera daño. No llevaba ningún arma consigo y estaba solo, así que no podía haber venido a matarme. ¿Cómo hacerle entender que yo tampoco tenía intenciones de herirlo? Decidí que lo mejor sería simplemente no moverme. “Así, por lo menos, no lo asustaré”, pensé. El hombre gato se acercó cada vez más. Por fin pude sentir su calor. Inclinó su cuerpo alejándose de mí como un corredor de relevos listo para recibir el testigo de su compañero. Movió su mano frente a mis ojos un par de veces, pero, cuando asentí levemente con la cabeza, la retiró a toda velocidad. Aunque mantuvo la posición y no salió corriendo. Me miró, volví a asentir con suavidad. Él seguía inmóvil. Levanté mis manos muy despacio, con las palmas abiertas y hacia arriba. Pareció entender este “lenguaje de señas”, pues también asintió. Incluso retiró la pierna que tenía ya lista para la retirada. Todavía con las palmas hacia arriba, flexioné los dedos en señal de saludo. Volvió a asentir y me enderecé un poco para verlo mejor. No parecía que fuera a salir corriendo. Después de mantenerme en esta manera tan dolorosa y ridícula posición durante al menos media hora, me puse en pie. Si perder el tiempo equivale a trabajar, entonces los hombres gato son grandes trabajadores. Lo que quiero decir es que, después de levantarme, seguimos perdiendo el tiempo así durante quién sabe cuántos minutos más. Hicimos gestos con las manos, asentimos con la cabeza, torcimos la boca, fruncimos los labios, arrugamos la nariz y movimos casi todos los músculos de nuestros cuerpos, todo para mostrar que ninguno de los dos tenía intenciones hostiles. Podríamos haber seguido así al menos una hora más, tal vez incluso una semana, si no hubieran aparecido las sombras oscuras a lo lejos. El hombre gato las vio primero. Para cuando yo también las vi, él ya había corrido cuatro o cinco pasos en dirección contraria. Me hizo un gesto para que lo siguiera, y así lo hice. El hombre gato corría silencioso y veloz. Intenté seguirlo, pero tenía demasiada sed y hambre, poco después ya el mundo giraba frente a mí. Sin embargo, intuí que si la gente gato que nos estaba persiguiendo nos alcanzaba, nada prometedor nos esperaría a mí y a mi nuevo amigo. Por otro lado, me pareció que sería mejor mantenerme cerca de este amigo gato, pues podría convertirse en un buen aliado en esta aventura en Marte. Los gatos que venían detrás debían estar cerca de alcanzarnos, pues mi amigo aceleró aún más. Le seguí el paso un poco más, hasta que ya no pude. Creí que se me iba a salir el corazón por la boca. Llegó un sonido de la retaguardia, un maullido largo y agudo. Algo tenía muy nerviosos a esos hombres gato; de lo contrario, no harían tantos ruidos. Pensé que mi única esperanza sería caer al suelo, porque si seguía corriendo, mi vida podía acabar al siguiente paso con una bocanada de sangre. Con las últimas fuerzas que me quedaban, saqué la pistola. Caí al suelo y disparé sin dirección alguna. Creo que me desmayé antes de haber escuchado la bala salir del arma. Abrí los ojos nuevamente: una habitación gris, un círculo de luz roja, tierra, una nave espacial, un charco de sangre, una soga… volví a cerrarlos de inmediato. No sería sino hasta varios días después que supe que aquel hombre gato me arrastró como a un perro muerto hasta su casa después de desmayarme. Si no me lo hubiera contado, jamás habría sabido cómo llegué hasta ahí. El suelo de Marte era tan suave que no tenía ni un rasguño en el cuerpo después de tanto arrastre. Los hombres gato que me perseguían debieron correr durante tres días sin parar, asustados por aquel disparo. Esta pequeña pistola —con apenas doce balas— ya me había hecho famoso en todo Marte.
Niños jugando en un día de invierno, dinastía Song, siglo XII. Autoría sin identificar. Museo Nacional del Palacio ©.
Este texto es un adelanto de la novela El país de los gatos de Lao She. Se reproduce con permiso de Elefanta.
Imagen de portada: Zhu Ling, Gato negro con narcisos, dinastía Qing, siglo XIX. Metropolitan Museum of Art ©.