Cultura UNAM

Casi el paraíso (fiscal)

Mapas / suplemento / Julio de 2018

Diego Olavarría

Suiza nunca me interesó demasiado: toda la vida me la imaginé sosa y adinerada. Noruega y Suecia tienen death metal, filósofos existencialistas y hasta terrorismo; ahí la gente viste de negro y pasa cinco meses al año bajo la nieve. Los suizos no. Ellos habitan un país de chocolate y complacencia; de pastos bucólicos y pueblitos donde alguna vez merodearon Heidi y su abuelo, y hoy son dominio de presidentes y banqueros que se reúnen cada año a conspirar. Desde que a los doce años oí rumores de que los yonquis en Suiza recibían la heroína de manos del gobierno, el lugar me resultó dócil e irrelevante. Siempre he creído que lo interesante de un país son sus contradicciones y conflictos. ¿Y qué clase de discordia puede existir en el país que inventó los referendos? Zúrich, por otro lado, es tan distinta de la Ciudad de México que conocer aquélla es como viajar al futuro. La ciudad más grande de Suiza es un pueblazo de 1.6 millones de habitantes y lidera una lista apabullante de tabuladores del bienestar: es la segunda ciudad con “Mayor calidad de vida” (Mercer, 2017), la segunda más “habitable” del planeta (Economist Intelligence Unit, 2017) y, quizá lo más preocupante para un mexicano, la tercera más cara del mundo según The Economist (la Ciudad de México está en el escalón 177 de 209). En el planeta Suiza la gente no sólo vive mejor sino sustancialmente más: dice la OMS que un hombre suizo vive en promedio 81.3 años, casi 7 años más que uno mexicano. Suiza no es otro país: es otra realidad. Quizá sí valga la pena darse una vuelta.

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Mi viaje a una de las ciudades más caras del mundo comenzó de la forma más rascuache imaginable: a bordo de un autobús de la línea Flixbus. En el pasado los pasajeros de barcos viajaban en tres clases: primera (vals y champaña), segunda (cabina de cuatro personas) y tercera (migrantes hacinados y pan duro). En el mundo del turismo europeo contemporáneo, Flixbus es el cabotaje: los boletos son baratos y las rutas largas e ineficientes. En el aire de la cabina cuelga un aroma a kilometraje y trashumancia; a calcetines y sobacos. Muchos aquí llevan veinte horas haciendo un viaje que en auto toma ocho. Cuando los tecnócratas municipales declaran que en sus ciudades hay un aumento del turismo “de baja calidad” se refieren exactamente a personas con itinerarios como el mío: gente que viaja para dormir en literas, para comer sándwiches del supermercado y no filete de restaurante. Gente que arriba en autobuses hediondos y no en tren o en avión como cualquier clasemediero que se respete. Se refieren a gente que consume servicios públicos —que se alumbra con las lámparas, bebe el agua de las fuentes y jala la palanca de los excusados— y a cambio no tiene la decencia de “derramar” grandes cantidades de dinero. Debido a su obstinación por ser neutral ante todo, Suiza no es parte de la Unión Europea; sin embargo, forma parte del espacio Schengen, aquel grupo de países de fronteras abiertas donde en lugar de un muro fronterizo hay una raya blanca pintada en la banqueta. Al aproximarnos al puente que une Alemania y Suiza, nuestro autobús se detiene en una garita donde nadie más lo hace. Los guardias fronterizos suizos ya nos espían desde una casetita donde se ven varios termos de café y botellitas de agua Evian. Abordan el autobús con todo y pistolas: la mayoría no somos sino turistas y migrantes legales, pero ellos nos miran como a una lancha de migrantes en el Mediterráneo, como a La Bestia resoplando en México hacia el norte. Revisan pasaportes uno por uno. Cuestionan a los turcos, ignoran a los franceses e interrogan a los ucranianos en cuyos peinados se observa un conocimiento experto de las rasuradoras eléctricas. Todo esto nos retrasa casi una hora. Los autos particulares, mientras tanto, cruzan la frontera sin contratiempos. Si hubiéramos viajado en tren, que es más caro, una revisión habría sido improbable. Sólo el Flixbus dispara estas alarmas.

No es país para mochileros

Una hora más tarde ya nos acercamos a Zúrich. Apunto lo que veo: parques verdísimos, un río glacial, un cine pornográfico. La ciudad reluce de limpieza. Lo más parecido a un indigente es un cisne zarrapastroso que, flotando en un canal, recibe las dádivas de pan que unos adolescentes desmañanados le arrojan. Desciendo del bus y voy en busca de mi hostal. No llevo un kilómetro caminado entre la estación y el centro de la ciudad cuando, afuera de una panadería, distingo una conmoción. Unos turistas admirados fotografían un auto deportivo de ultralujo (cosa por demás común en esta ciudad). El conductor pisa el acelerador —vrun vrun vrun— para que el motor ruja. Curioso paralelismo: un miembro de la élite global se entretiene con el mismo pasatiempo de cavernícola motorizado que un microbusero chilango. Es temprano y tengo hambre, así que entro a un supermercado en busca de algo de comer. Me descubro en lo que debe ser el Superama de la oligarquía: detrás de una barra, un trabajador rebana trufas negras con naturalidad de carnicero ante pierna Zwan. En un refrigerador cuento cien tipos de quesos, más frutas que en el Amazonas y una biodiversidad marina —langostas, atunes, abulones— digna del más rico océano (todo esto en un país sin salida al mar). “No importa si tu patria posee grandes selvas y mares; si la gente no tiene dinero, los frutos serán para quienes sí”, apunto en mi libreta. Luego de abandonar mi maleta en el hostal, decido caminar por el centro. Las primeras impresiones no me dicen mucho. La ciudad resulta más o menos predecible, calcada de un molde centroeuropeo común en Alemania y Austria: tiene un barrio medieval con cafés, un par de iglesias con torres puntiagudas, algunos callejones con tiendas. Lo más notable, quizás, es que todo está mejor preservado que en otras partes del continente: Suiza no ha peleado una guerra desde 1847 y el país no ha padecido los bombardeos que dejaron a sus vecinos en ruinas. Camino un poco más allá del centro y me encuentro uno de esos barrios de migrantes donde cada vez hay menos migrantes, una zona relativamente proletaria con algunas tabernas donde los taxistas se detienen a comer salchichas, y un distrito financiero tan importante como el de Nueva York o Londres, pero con edificios que no pasan de siete u ocho pisos. Y es que aquí el poderío se demuestra construyendo hacia abajo, no hacia arriba: debajo de las anodinas fachadas de vidrio hay gigantescas bóvedas llenas de oro, joyas y dinero en efectivo. Por otro lado, en todas partes parece haber sex shops, burdeles y table dances. Esto se debe a que Zúrich tiene dos cualidades idóneas para que florezcan los giros rojos: una abundancia de hombres de negocios —la clientela por excelencia de las prostitutas— y un sistema legal permisivo. En mi segunda tarde en Zúrich opto por dar un paseo en transbordador por el resplandeciente lago que le da nombre a la ciudad. El barco técnicamente no es turístico, sino de transporte público, pero a bordo venden café, cerveza y vino. El barco se detiene a recoger pasajeros en varios apacibles poblados donde se observan fábricas de chocolate, mansiones de CEOs y hasta alguna casa diseñada por Le Corbusier. A pesar del frío otoñal, hay personas practicando esquí acuático en el lago. Muy al fondo se ven las cumbres de los Alpes: cuernos con algunos estornudos de nieve. El lago Zúrich está tan limpio que casi es agua destilada. Hace algunos años el agua de varios lagos suizos, incluido éste, alcanzó tanta pureza que las algas y los microorganismos murieron, lo que destruyó la fuente de alimentos de los peces. Cuando el gobierno entendió que el exceso de limpieza estaba matando de hambre a las carpas, hizo algo inaudito: contaminarlo artificialmente con fosfatos para que las algas volvieran a florecer. Una prueba de que el control y la disciplina germánica pueden llegar a ser tan sofocantes para los peces como para la gente.

Dadaísmo económico

Zúrich se asocia con dos movimientos ideológicos importantes: en el siglo XVI fue cuna de la reforma protestante suiza y, a principios del siglo XX del Dadá, la más iconoclasta de las vanguardias europeas. En el manifiesto Dadá, Tristán Tzara escribió: “Hay un gran trabajo destructivo, negativo, por cumplir; debemos barrer y asear”, como prefigurando las inmaculadas calles de Zúrich. Los dadaístas se reunían en el Cabaret Voltaire, un garito que aún opera en el centro de la ciudad. Uno de mis cometidos turísticos era tomarme una copa en ese lugar, rodeado de polvorientos artefactos de historia literaria. Pero cuando llego ahí y descubro que un vodka con jugo de naranja cuesta 20 francos —unos 400 pesos— recuerdo que Tzara también describió el Dadá como una “abolición de la lógica”, y me pregunto si estos precios no son justo eso. Quizá no. De acuerdo con Credit Suisse, Suiza es el país con la riqueza promedio más alta del mundo. En México, por ejemplo, el adulto promedio tiene activos por 21 mil dólares. En Alemania, donde no les va nada mal, la cifra asciende a 161 mil dólares. En Suiza el promedio es de 560 mil dólares, por lo que una pareja promedio es millonaria. La economía de México alguna vez estuvo basada en la plata y el petróleo: hoy el gran recurso explotable es la fuerza laboral. En México hay 124 millones de esqueletos dispuestos a cargar ladrillos, ensamblar autos y contestar teléfonos. También están dispuestos a hacerlo por menos que en casi cualquier otro país. Mientras que Suiza intentó en 2016 aprobar el salario mínimo más alto del mundo —22 francos la hora—, México hoy lucha encarnizadamente contra Donald Trump y Justin Trudeau por su derecho, como nación independiente y soberana, a que los trabajadores ganen cuatro dólares por jornada de ocho horas. Visto así, lo verdaderamente dadaísta y contrario a la lógica son los salarios mexicanos.

El dinero sucio se lava en Suiza

En las naciones protestantes hablar de dinero suele estar mal visto. La vida simple es prueba de humildad ante Dios: en la cultura germánica, hasta los millonarios andan en bicicleta. Lo he visto en Alemania, donde la gente viste con tanta modestia que parece hacerlo por mandato religioso. En ese país, lo lujoso y lo sensual gozan de menor estima que lo útil y lo práctico. Si un italiano se deleita con unos finos mocasines de piel, un alemán logra el mismo éxtasis con unas chancletas ortopédicas. Suiza es distinto: el país se asocia tanto a la opulencia que colocar una cruz helvética en un reloj, mochila o navaja los hace subir de precio. La bandera suiza es la única que, además de escudo nacional, dobla como marca de lujo. La riqueza de Suiza se debe en buena parte a que, durante siglos, ha sido una especie de cueva del tesoro y también la lavadora de dinero más eficiente del mundo. Sin importar que se tratara de oro nazi o de presupuesto público saqueado por políticos mexicanos, los bancos suizos estaban dispuestos a resguardar esa riqueza en sus arcas. Cualquier persona que entrara a un banco suizo con un maletín de billetes podía abrir una cuenta sin declarar la procedencia del dinero. Hasta hace poco, si un gobierno o una agencia policial extranjera exigía información sobre una cuenta suiza, los bancos estaban obligados a callar. Ese silencio se debía al “secreto bancario”, ley que indica que la privacidad del cuentahabiente está por encima de todo. Esa ley buscaba mandar un mensaje a potenciales clientes: no importa si eres un narco, un terrorista o un militar genocida, el gobierno suizo defenderá tu dinero a capa y espada. Los suizos ya no están solos en el negocio de los servicios bancarios para personas cuestionables. Hay una multitud de islitas, repúblicas bananeras y microestados que le hacen la competencia. Pero nadie le quita el título: Suiza fue el primer paraíso fiscal moderno. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el país se convirtió en el destino por excelencia de evasores fiscales, políticos corruptos y ladrones de cuello blanco de todo el mundo. Se calcula que el sistema financiero suizo, que opera principalmente en Zúrich, representa un 10% de la economía del país. Datos de la Asociación de Banqueros Suizos sugieren que las empresas y personas más ricas del mundo guardan aproximadamente 3 billones de dólares en los bancos de Suiza, tres veces el PIB de México. Hoy los suizos han dado, más o menos, el brazo a torcer: desde 2017 cooperan con algunos países, incluido México, cuando hay sospecha de evasión fiscal. Pero Suiza no extiende esas cortesías a los gobiernos más corruptos de África, Asia, ni a la mayoría de América Latina. Si eres un millonario de un país pobre que quiere evadir impuestos, Suiza te sigue recibiendo con los brazos abiertos. A veces el dinero se lava en Suiza. Otras, simplemente se echa por el caño. En septiembre 2017, unas españolas tiraron fajos de billetes de 500 euros al excusado en la ciudad de Ginebra. Cuando la policía dio con ellas, las mujeres confesaron que para ellas era más barato echar el dinero al drenaje que declararlo a las autoridades fiscales de España. Zúrich está lleno de extranjeros que visten muy elegante y hablan lenguas que asocio poco con turismo: turco, persa, ruso, árabe. Francés africano, español mexicano, argentino y venezolano. Es imposible no quedarse pensando: los atractivos turísticos aquí son escasos. Puedes ir al puente, al lago, subir a la torre de la iglesia, comprar un reloj que vale un año de salario. Poco más. No sé: tal vez Zúrich es una ciudad interesantísima para turistas ricos de países pobres. Quizá están aquí porque les gusta el queso, el chocolate y la leche de vacas que pastaron en los Alpes. Algo me dice que no.

Collage del cartel de la inauguración del Cabaret Voltaire, Marcel Slodki, 2016 (orig., 1916)

La desesperanza viaja en Flixbus

La estación de tren de Zúrich es europea, monumental, elegante, climatizada, luminosa y tiene todas las comodidades de un aeropuerto. La de autobús es lo contrario: un estacionamiento de asfalto donde las personas compiten para identificar, a lo lejos, si el autobús que se aproxima es el suyo. Para resguardarse del clima no hay construcciones, sólo algunas estructuras como paradas de autobús salpicadas de lodo. En una de ellas, tapizada de promocionales y horarios de autobuses que viajan a Rumania y Bosnia, espero el Flixbus que me sacará de Zúrich. Mi autobús lleva 40 minutos de retraso, y no queda sino esperar. En ese tiempo se acercan tres musculosos policías, los primeros que veo en mi tiempo en Zúrich: tienen barbas recortadas con precisión narcisista, chalecos antibalas y cámaras de video a la altura del corazón. A diferencia de los policías en otros países de Europa, éstos llevan pistola. Me escudriñan con mala leche, como intentando reconocer a un fugitivo. No lo reconocen y se van. Cuando aparece el Flixbus con destino a Alemania, un cardumen de maletas de rueditas se empuja hasta posicionarse junto a la puerta: al no haber asientos asignados, la competencia por las butacas es férrea. Intento subirme al bus antes de tiempo y el ayudante del chofer me espeta palabras furiosas que no entiendo. De castigo, deja que quienes van detrás mío suban antes. Satisfecho con su lección, me acepta el boleto. En los países germánicos, como en cualquier país, las personas en posiciones de poder precario son susceptibles a la tiranía, aunque sospecho que aquí es peor que en otros lados: soy constantemente pendejeado por choferes, trabajadores de cafeterías y cajeras de supermercado, que me reprochan nimiedades. Cuando se me ocurre admitir que no hablo alemán, me observan con mezcla de desprecio y lástima. A cada rato me enfrento a la imbecilidad de quienes se sienten superiores por conocer las reglas no escritas de un país. En el Flixbus se oye ruso, chino, portugués, español. Hay eslavos, negros, latinos, árabes y turcos. No son los que están aquí para lavar dinero, sino para lavar baños. En la frontera suizo-alemana, en ese lugar donde normalmente no existen barreras, seremos revisados otra vez. Contrario a esos viajeros que llegan al banco suizo con un maletín lleno de billetes ensangrentados, a nosotros sí nos hacen preguntas, muchas preguntas.