dossier Cárcel JUL.2026

Adriana Malvido

Nicéforo Urbieta y el arte liberador en Lecumberri

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Es enero de 1996. Suena el teléfono en la redacción de La Jornada. Del otro lado de la línea se escucha la suave voz de un hombre: “Habla Nicéforo Urbieta. Vivo en Oaxaca. Soy pintor. Estuve en la cárcel durante seis años en calidad de preso político. En Lecumberri conocí el infierno, la tortura física y la cárcel mental. Lo inimaginable. El racismo que sufrí de niño en la escuela por mi origen zapoteco, volví a vivirlo en la cárcel donde fui, como siempre, el último en salir al decretarse la amnistía, debido a mi origen étnico. Un custodio me clavó su bastón en el riñón y quedó necrosado; desde entonces padezco las consecuencias. Gran parte del 94 estuve en cama. Llamo para decirles que soy el autor del mural que su periódico publicó”. ​ Tres décadas después, en marzo de 2026, es él quien escucha desde Zegache, Oaxaca: “Habla Adriana Malvido, te entrevisté en 1996, luego reporté tu terrible secuestro en 1997… ¿Qué ha sido de tu vida y de tu obra?”. Esta vez acordamos una entrevista vía Zoom.

Nicéforo Urbieta, La única madre de Jesús.

​ Cuando todo el mundo pensaba que las huellas de lo que fue el Palacio Negro de Lecumberri habían sido borradas para siempre, Erika Carlsson abrió su archivo en 1994, diecisiete años después de que los presos fueran trasladados a otras cárceles y más de una década posterior a la transformación del edificio en Archivo General de la Nación (AGN). Cantante de rock en los años sesenta, actriz y fotógrafa, participaba con Juan Ibáñez en la filmación de una película con locaciones en Lecumberri, cuando se atrevió, durante un descanso, a recorrer las celdas abandonadas. Primero se horrorizó, pero volvió con su cámara para registrar las pinturas, los murales, los grafitis, plegarias y consignas, poemas y caricaturas que miles de internos, a lo largo de los años, dejaron en los muros como huella del infierno, pero también de la esperanza en cautiverio… Decidió documentar todo eso para que, después de la demolición del edificio que avanzaba día con día mientras tomaba fotos, el alma de los presos sobreviviera. Guardó las dos mil fotografías que hizo junto con su aliado Arturo Córdova, quien además de sensible era atlético, le ayudaba a cargar los equipos y había sido interno en aquel sitio. ​ Recuerdo cuando entrevisté a Erika Carlsson. Nacida en Mumbai, de padre danés y madre estadounidense, vivió en México desde los diez años. En su casa, al sur de la Ciudad de México, desplegó ante mí el plano de Lecumberri, que conocía de memoria. La Penitenciaría, proyectada por Antonio Torres Torija en 1885 sobre los planos de Lorenzo de Hidalga de 1848, estaba inspirada en el conocido panóptico de Jeremy Bentham, según el cual todo puede ser visto y controlado desde una torre central. Se construyó sobre un terreno de 86 mil metros cuadrados y la inauguró Porfirio Díaz en 1900. El Palacio Negro funcionó como cárcel hasta 1976, cuando el sitio fue desalojado y los presos trasladados a los reclusorios Norte y Oriente. En 1982, el edificio reabrió como AGN. ​ Durante ocho meses, en 1977, Erika y Arturo se las arreglaron para internarse todos los fines de semana en aquel escenario dantesco y documentar lo que un ser humano puede hacer cuando está encadenado salvo por su creatividad y su imaginación. Luego de la edición y catalogación del material, seleccionaron ochocientas diapositivas. De todas ellas, en la sección cultural de La Jornada elegimos una para publicarla como ilustración del reportaje sobre el insólito archivo fotográfico. Nadie sabía entonces que el autor de aquel asombroso mural de una Madonna con el niño Jesús en brazos se llamaba Nicéforo Urbieta y que su pintura era parte de una larga historia: la de un hombre que se rescató a sí mismo a través del arte. Menos imaginamos que él mismo llamaría un día al periódico para identificarse.

Dibujo de mujer a lápiz.

Y la mujer se liberó.

​ Nos encontramos a principios de enero de 1996. Me dijo: “Estaba enfermo cuando mi compañera me llevó a la cama el periódico. Un par de años antes había ido yo a la Ciudad de México para ver si aquel mural aún estaba en el ahora AGN. No existía. Al trasladarnos a los reclusorios borraron todas las pinturas. Por eso, cuando vi la foto publicada, me llené de sorpresa. Era mi mural, el que pinté en Lecumberri. Por eso vengo, a ver si me pueden dar una copia de la fotografía”. ​ Ese día me contó su vida. Que dibuja desde los seis años, que nació y creció en Zegache, Oaxaca, dentro de una comunidad zapoteca. De padres campesinos, él era el menor de siete hijos, dos de ellos músicos. Un cura pensaba que podría ser sacerdote y lo inscribieron en una escuela de monjas donde vivió su primer choque cultural: le prohibieron hablar zapoteco, cuando era la lengua que usaba en su casa. Dice que ahí, en la primaria Solar Infantil Oaxaqueño, descubrió el racismo. Y por eso en el 68 miró la realidad con los lentes de la rebeldía. Pero antes estuvo en el seminario entre los trece y los dieciséis; tres años que pasó fascinado en la biblioteca, revisando los grabados del siglo XVII y XVIII, libros viejos, misales antiguos, estampas del siglo XIX… “Ésa fue mi escuela.” ​ Cuando salió del seminario formó, junto con los alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca, un taller de arte experimental en el que participaron Leticia Tarragó, Roberto Donís, Fernando Vilchis, entre otros. Entre 1971 y 1972 surgieron fuertes movimientos sociales en Oaxaca y organizaciones obreras y campesinas como la Coalición Obrera, Campesina, Estudiantil del Istmo (COCEI). Nicéforo proponía un arte comprometido con esas luchas, pero pensaba que desde la escuela podía lograrse poco en contraste con los cambios urgentes que requería el país. Así, en 1972 se vinculó a un grupo armado clandestino. En 1975 es detenido y trasladado al Distrito Federal. Lo sentencian a cuatro años de prisión. Los cargos: asociación delictuosa, fabricación de explosivos y ataques a las vías de comunicación. ​ Nos encontramos en Tic Toc, una cafetería sobre Balderas, en el centro de la Ciudad de México. Me contó del hacinamiento, de las torturas, de las condiciones inhumanas durante su periodo de supervivencia en la cárcel. Desnudos, de seis de la mañana a diez de la noche, los tenían tallando el piso con un ladrillo, tarea a la que llamaban “la fajina”. Los sábados se bañaban y en una de esas, un reo con prebendas, enterado de que Nicéforo era artista, le preguntó si quería pintar un mural en la capilla de su dormitorio. Había presos con poder que podían comprar de todo, hasta una celda para rezar ahí. Le pidieron que hiciera una Madonna como la de Rafael Sanzio y que le pintara los ojos verdes. La única libertad que se tomó fue “incluir un angelito moreno”. En otro muro pintó a Jesús en el huerto de los olivos. El primer día en la “capilla” se tiró a dormir después de meses de no hacerlo. “Entonces yo estaba clavado en el socialismo y no me importaba la religión, pero con un muro para mí, de 2 por 2.5 metros, poco a poco volví a sentir los materiales, el temple… y resultó muy liberador recuperar el arte.”

Memo “El Iguala”.

​ A Nicéforo lo trasladaron al área de presos políticos donde, dice, descubrió otra cárcel: la incomunicación. Luego, con los demás internos fue desalojado y enviado al Reclusorio Oriente. Se dedicó a leer a Marx y a escribir: “quería poner en orden mi cabeza, al grado que negaba la pintura, la veía como un oficio pequeño burgués”. Sólo trazaba lo que le parecía útil a la causa. Pero algo más sucedió cuando comenzó a dibujar y a rayar con febrilidad, a mover sus manos vertiginosamente, a recuperar la mancha y la línea.

Empecé a pensar en mi pueblo y, como una revelación, vi mi cultura viva. Imaginé a mi madre curándome con sus manos y sus hierbas, recordé los cuentos campesinos de la infancia y todas las imágenes prehispánicas que evoca cada palabra en mi lengua. Despertó en mí el sentimiento zapoteco y el dibujo me llevó a redescubrir la pintura y a salir del búnker ideológico en el que estaba preso.

​ En 1978, con la Ley de Amnistía, muchos presos políticos salen libres, pero el pintor permanece en la cárcel sin explicación alguna. El jefe de custodios le advierte: “Tú tienes cara de indígena, familia indígena, y eres más peligroso que los otros intelectuales universitarios. Tú eres del pueblo. Y de ésos hay que cuidarse”. ​ Nicéforo sale libre a fines de 1980 con un propósito: “investigar hasta qué punto puede recuperarse el pensamiento antiguo que, contrario a lo que nos dice la cultura occidental, no está muerto ni se encuentra en la arqueología, sino que está vivo y el camino para encontrarlo está en el proceso artístico”. Con esa tesis funda el Centro de Investigación del Pensamiento Visual en Zegache, su tierra de origen; forma talleres libres para profesores de primaria y maestros bilingües y organiza festivales de oralidad en la lengua zapoteca. Sigue pintando, construye manualmente su casa: “quería hacer de mi cuerpo un gran lápiz o un enorme pincel”. Al recordar a un amigo suyo que murió durante una tortura con toques eléctricos, él se propone lo contrario: “Cantarle a la vida para decir ‘¡Cabrones, dense cuenta qué bonito es vivir y respirar!’”. ​ Ya en libertad, Urbieta se dedica a su proyecto educativo y forma una familia junto con Marcela Vera Esperanza. Nacen Guikubi (Fuego nuevo), Nayabeí (Lunita clara) y cuando el más pequeño, Guilibeu (Fuego de la creatividad), tiene apenas dos semanas de vida, sucede lo impensable. ​ El 11 de febrero de 1997 tres hombres armados lo bajan de su Volkswagen y, encañonado, lo suben a un Tsuru. Oaxaca, sus artistas y pintores como Francisco Toledo, denuncian su desaparición a nivel mundial y exigen su presentación con vida inmediata. Una docena de oaxaqueños habían sido perseguidos y torturados para que declarasen en torno al EPR (Ejército Popular Revolucionario). El pintor vuelve a su casa una semana después. Pero hasta hoy me cuenta lo que sucedió:

Antes de empezar el interrogatorio se presentaron como miembros del Centro de Inteligencia Militar. Yo no podía creerlo, cuando ya estaba en otro mundo, con un bebé de dos semanas, concentrado en el pensamiento zapoteco, en el centro de investigación y en la pintura, cuando había creído en ese “borrón y cuenta nueva” de Jesús Reyes Heroles y en la Ley de Amnistía, en la reforma política… jamás pensé que volverían a detenerme para preguntarme dónde está fulano, dónde están las armas, danos los nombres…

​ A Nicéforo lo acusaban de estar formando niños guerrilleros. Y es que, junto con su esposa Marcela, psicóloga, egresada del Taller Tamayo, convocaban todos los fines de semana a niños y niñas de su comunidad a pintar alrededor del Coquito, un árbol aledaño al Centro de Investigación de Pensamiento Visual. Repartían materiales y, en silencio, los chicos hacían su arte. El director de la escuela primaria de Zegache estaba asombrado al constatar que las infancias que pintaban en el Centro desarrollaban una creatividad y una capacidad de absorber el conocimiento muy por encima del promedio. Los jóvenes que acudían al sitio manejaban en un año y medio todos los valores plásticos que a los egresados del Taller Tamayo les tomaba un lustro. ​ La idea central de Nicéforo y Marcela consiste en la recuperación de la lengua y el pensamiento zapotecos a nivel comunitario. Pensamiento, en zapoteco, me explica desde la pantalla, significa el día de nacimiento de la serpiente emplumada Quetzalcóatl y de la humanidad, que nacen simultáneamente después de cuatro soles. Quetzalcóatl no es un personaje, sino una categoría filosófica y la categoría de humanidad se la da el contacto con el otro. Entonces serpiente emplumada es eso, abandonar las dos dimensiones para acceder a la elevación de la conciencia comunitaria, emprender el vuelo a través del pensamiento y el diálogo. “Por eso hacemos énfasis en la oralidad. Y por eso creamos una escuela que se llama La Casa del Viento.”

Demolición 3.

​ Fue aquella noche en la “capilla” de Lecumberri, previa a la realización de su mural, que Nicéforo recuperó el sueño, físicamente, pero también mental y espiritualmente, afirma hoy. El arte para él es un espacio de diálogo y pintar esa virgen con la iconografía católica lo vinculó con el pensamiento occidental, con Platón, Aristóteles, Santo Tomás, San Agustín… y, desde luego, con Rafael y los renacentistas, Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci, que aportaron luz al oscurantismo medieval. Dice: “Mi prisión intelectual tenía un boquete abierto al espíritu renacentista, de renovación, de avance, de intención de dejar atrás la oscuridad”. ​ A Nicéforo Urbieta vuelvo a encontrarlo con ayuda de Natalia Toledo. Cuando recibe mi llamada está reunido con la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, organismo creado el sexenio pasado para gestionar tareas de reparación a víctimas de la Guerra Sucia. ​ Seguramente a los funcionarios que hablaron con el pintor les tomó por sorpresa lo que piensa:

¿Acaso hay guerras limpias? Todas son sucias, el mismo concepto de guerra y de poder es algo muy sucio, enfermo, que tiene a la humanidad y a nuestra especie en estado terminal. Así que, no yo, sino toda la humanidad somos víctimas de ese cáncer que es la fantasía del poder, ese cáncer que una minoría elitista privilegiada ejerce sobre la mayor parte de la especie.

Les dijo: “¿Cómo puedo ser víctima? ¿Lo soy por pintar un cuadro que me conectó con el Renacimiento?”. Ellos insistían en que se declarase víctima. Y él: “En todo caso soy parte de una humanidad que ha sido víctima de un pensamiento de dominación de una civilización de hierro, de los metales al servicio de la violencia, de eso sí soy víctima, pero no sólo yo, sino toda la humanidad”. ​ Hoy Nicéforo Urbieta tiene 76 años. Su hijo Guilibeu tiene 29 y estudia una maestría en interpretación de piano en el Conservatorio de Durango. Su Centro continuó hasta 2004 pero, ante el acoso y las amenazas constantes que sufrían, Marcela y él tuvieron que optar entre cerrar o dar la lucha en el terreno político y, junto con los padres de familia, decidieron clausurarlo porque “la política no nos llevaría a nada más que a una lucha fratricida”. ​ Pero el pintor está feliz. Y es que acaba de acordar con Julio Estrada, académico del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, la celebración anual de la Fiesta del Rayo de la Sabiduría, de origen ancestral y comunitario, en Zegache, del 17 al 21 de octubre. ​ Detrás de Nicéforo veo una pintura suya. Me dice que es una Piedad, sólo que el cuadro está habitado por dos mujeres: la marca de Lecumberri y del Renacimiento en su vida.

Luminosidad.

Imagen de portada: Demolición 2. Todas las fotografías son de Arturo Córdova Tovar, 1977. © Archivo General de la Nación, Fondo Arturo Córdova Tovar. El último día en el Palacio de Lecumberri.