Marzo-Abril 2020

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Pedro Juan Gutiérrez

Ya veníamos mal. Hace más de un año que todo se tambalea. Donald Trump se ha empeñado en perturbar al máximo la vida de los cubanos. Quiere ganar votos para las elecciones presidenciales de noviembre próximo, entre los cubanos de derecha que viven en USA. Y para eso ha apretado más el bloqueo sobre Cuba. La idea es que la gente, hambrienta y enfadada, se lance a la calle masivamente y derroquen al gobierno. Y lo cierto es que ha logrado poner las cosas difíciles aquí dentro. Hay que hacer colas para todo. Para comprar unas bolsas de yogurt, para el detergente o los jabones, para un paquete con unos muslos de pollo o una bolsa de leche en polvo. Ahora se acabó el arroz y los frijoles. Y así con muchos productos esenciales. Uno sale a la calle y después de tantas colas, regresa a casa cansado y de mal humor. Hoy el elevador está roto, además. Y los dueños de los apartamentos de este edificio que alquilan a turistas ya despacharon a sus huéspedes de regreso a sus países y también se deshicieron de sus empleados. Así que no tienen por qué seguir preocupándose y ocupándose de mantener el elevador funcionando y el suministro de agua. Esto se complica.


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Hay mucha gente aquí en Centro Habana que viven hacinados cinco o seis personas en una o dos habitaciones pequeñas. Y si se meten un mes dentro de su casucha se vuelven locos. No sé. Al cubano le encanta ir a las casas de los vecinos, hablar, mezclarse, opinar, jugar al dominó, no estar solo y abrumado en su casita.


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Estoy casi todo el tiempo en casa. Para reducir las posibilidades de contagio con el coronavirus 19. Hay que salir a buscar comida. Lo más rápido posible y con una mascarilla de tela. Nasobuco. No sé de dónde sacaron esa palabra tan fea. Ayer me regalaron uno. Pero me estoy cuidando. Estoy muy joven para morir. Todavía puedo divertirme un poco más. Un muchacho del barrio, que se dedica a la albañilería, está pintando la casa. Ahora está en la sala, dando brocha con una pintura color arena. Queda bien. Él es testigo de Jehová. Hoy me dijo que hace 25 años que está en la religión. Y continuamente me recita fragmentos y dice que el final se acerca. El final del mundo. El Apocalipsis. No sé mucho del tema pero al parecer Dios destruirá al hombre para que no siga destruyendo lo que Dios hizo en 7 días. Creo que esa es la idea de su prédica. Y sólo se salvarán los elegidos, es decir, los de esa religión. Bueno. Él me recuerda siempre que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis están cabalgando. Y vienen. Oh, bueno, prefiero no contestar. Me quedo en silencio.


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Ayer me llamaron de la Embajada de España. Invitan a 14 artistas cubanos a escribir algo o crear algo sobre este virus. Ellos vienen a casa, lo graban en video y lo cuelgan en internet. Quieren algo alentador, supongo. Les dije que lo pensaría y que gracias por invitarme, pero no voy a participar porque no estoy muy optimista. Este virus es tan agresivo y se transmite tan fácilmente que me parece no podrá erradicarse totalmente. Ya está presente en unos 170 países, es decir, en todo el planeta. Y va mutando, sabe protegerse, se esconde y cambia. Creo que será mucho peor que el Sida. La fragilidad de la Humanidad. Nos creemos insuperables, pero pienso que el proceso civilizatorio no funciona bien. Hay algo que falla. Demasiada avaricia, demasiadas guerras, demasiada arrogancia.


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La gente protesta fuertemente en Facebook. Telemundo, de Miami, publica algunos de esos comentarios ácidos. Ayer una mujer, gritaba, histérica, que hacía cuatro días no tenía agua: “¿Cómo cojones me voy a lavar las manos? Ni usar el nasobuco porque hay que lavarlo y no hay agua…” Y por ahí seguía gritando ante su móvil y conectada a Facebook. Además del desabastecimiento creciente y la epidemia que también aumenta ahora se une la sequía. Algunas fuentes de agua están muy por debajo y eso lleva a que en algunas zonas de la ciudad el agua está disponible sólo cada cinco o seis días. A veces más. Algunos se irritan, descontrolados.


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Yo sigo con el muchacho que está pintando la casa. Suave. Sin apuro. Aunque ya quiero terminar para irme unos días a Guanabo, de vacaciones. Aquí hay demasiada tensión y me daña. Intento pintar y mejorar la casa lo mejor posible. Estoy preparado para lo peor, es decir, contraer el virus y morirme. Aunque no lo deseo. Ese es el plan C. El plan B sería contraer el virus y rebasarlo. Y el plan A, el más apetecible e ideal: No pasa nada, la epidemia se controla y yo y los míos seguimos saludables tranquilamente. Aunque oyendo las informaciones de cómo va la pandemia en el mundo no queda mucho espacio para el optimismo. Sigue aumentando cada día el contagio y las muertes. Los gobiernos tratan de animar a la gente e insisten en que se controlará en breve. Pienso que en este país será difícil controlar la propagación de la epidemia. Demasiada gente ignorante e inconsciente. Ayer, por ejemplo, fui al agromercado de San Rafael y Gervasio. Ni uno solo de los vendedores tenía colocada su mascarilla. Además de que había bastante gente en poco espacio. Con mi nasobuco puesto, compré rápido una piña y me fui. No quiero volver en un buen tiempo. Es peligroso ese lugar. Aunque hay que reconocer que el gobierno está actuando con suficiente sensatez y dedicación ante la epidemia. Muchísimo mejor y con más efectividad que en otros países. Incluidos algunos países que tienen más recursos materiales, como USA o Italia y España, pero que reaccionaron con mucho retraso. Se confiaron y la epidemia se expandió considerablemente.


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En televisión han sacado imágenes de barrios pobres en Guayaquil, Ecuador, donde hay muchos cadáveres insepultos. Se corrompen. El gobierno no hace nada por ayudar y no los recogen. Explican que los cementerios allí son privados. Quién sabe cuánto cobran. Se ha visto que algunos cadáveres los han incinerado en medio de la calle o simplemente los han dejado allí, como en la Edad Media. Ahora cualquiera hace un pequeño video con su teléfono y enseguida lo sube a Facebook o a otras redes y en segundos se entera el mundo. Truco, el pintor, dice que se puede hacer una Ley internacional para obligar a los dueños de hospitales, cementerios y funerarias a que presten servicios gratis a todo el pobre que no pueda pagar. Me da risa su ingenuidad y le digo: “Tú piensas así porque eres religioso y tienes amor y compasión en tu corazón. Pero un capitalista hace todo lo contrario y se aprovecha de esta situación para ganar más dinero, implacable”. Me insiste en su idea solidaria. Ya no opino nada más porque cuando habla se apasiona y deja de trabajar. Necesito que termine de pintar una habitación a la que le falta la segunda mano para terminar hoy. Quiero irme ya unos días para Guanabo.

Fragmentos de Nada tiene importancia (Diario Centro Habana), que nos compartió el autor.

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Imagen de portada: Un bar en Texas. Fotografía de Ed Schipul, 2006. CC