El efrit y la cautiva
Leer pdf“Dime qué piensas de Marco Rosales. A mí me parece un pendejazo, pero tú lo conoces mejor.” Selene Ulloa, directora del Centro de Estudios Post Literarios (el famoso CEPL de la Universidad), me requirió esto en cuanto nos dimos el abrazo, largo, estrecho y propio de quienes no se han visto en años, y fuimos a aposentarnos en la mesa más recóndita del café.
Sentí un alivio general, de cuerpo, alma y cerebro, al oírla. Prefería hablar de Marquito que de mi vida personal, y temía que Selene quisiera abordarla, porque el mensaje que me había remitido la noche anterior sólo sugería “charlar sin prisas”. Al observarla allí, del lado opuesto de la mesa, el alivio fue sustituido por estupor: ella, que solía verse como uno de esos músicos callejeros con ropajes oversize, llevaba un vestido corto y favorecedor, e iba peinada y maquillada para una cita en forma, como si nos hubiéramos conocido en una aplicación de ligue y no treinta años antes, cuando éramos aspirantes a escritores y nos reuníamos en otros cafés a leernos mutuamente nuestros textitos abominables.
Selene era linda y garbosa. Y yo, deslustrado, parecía veinte años mayor. Me duché y rasuré antes del encuentro, sí, pero llevaba ropa apropiada sólo porque dio la casualidad de que la señora Rita dejó un montoncito de prendas recién planchadas a la vista, sobre la cama, y lo encontré justo antes de ajuarearme para salir. Agradecí la previsión de la empleada. También ella se preocupaba por mi bienestar… como todos.
Selene se pidió un espresso doble y yo un agua mineral, servida al tiempo y sin el molesto vaso de hielos aparte. Odiaba el servicio extra. Nunca llegaba a vaciar el líquido sobre los cubitos, estos se derretían y, al final, distraído, terminaba por dar un trago y me llenaba la boca con esa agua degradada, y de gusto químico, que deja el deshielo. Miré mis manos para no clavar la vista en el saludable escote de mi acompañante, como si aún debiera guardar la compostura que se espera de amigos que se quieren pero están emparejados con otras personas. No, no era excitación lo que experimentaba, sino algo indefinible, ubicado entre la incomodidad y la alarma. Sentí un bostezo escalar desde el tórax a mi boca; lo disimulé con una tos. Selene me apretó la mano. Sus dedos eran delicados y su palma estaba helada.
Rusudan Khizanishvili, La luz en agosto, 2025. Todas las imágenes son cortesía de CAM Galería.
Llevaba algún tiempo de sostener reuniones similares, en restaurantes, bares y cafés, con colegas o simples curiosos del medio literario nacional y subcontinental. Durante algunas semanas, por ejemplo, desayuné con cada invitado al ciclo “Letras Latinoamericanas” de la librería universitaria, incluido uno que trajeron de Ecuador que sólo me conocía en retrato y cuya verborrea solidaria me dejó la impresión de que deseaba mi amistad para ver si más adelante, un día inimaginable, le sacaba provecho. Todos esperaban lo mismo y lo expresaban de modo explícito o sutil: querían saber cómo sobrellevaba la condición de viudo.
Al principio, los encuentros habían servido de apoyo moral, pero a esas alturas, meses después del fallecimiento de Aura, eran un tormento chino. Los colegas me citaban y, al verme, se apretujaban contra mi pecho y me daban palmadas en la espalda como a un bebé que no terminara de eructar. Y yo, mientras engullíamos el pan dulce o los chilaquiles con huevo del desayuno, me dedicaba a huir de sus preguntas (“Pero Aura ya andaba con alguien, ¿no? ¿O eras tú el que dormía en otro nido? ¿Quieres hablar?”). A partir del funeral, aquello acaecía cuatro o seis veces al mes: una llamada, un correo, una invitación. Y venía un desayuno y otro, y yo, qué quieren que diga, usaba aún la argolla de matrimonio. A veces la acariciaba y le daba vueltas en el dedo, sin extraerla. Era mi grillete. La psicóloga y mis hijos insistían en la conveniencia de que saliera del encierro, conviviera con la gente y recibiera el baño de su afecto, y yo obedecía. Pero la piedad nunca le da beneficios prácticos a quien la recibe.
Mis amigos cercanos, como Esteban Gallego o Esperanza Barilla, me recomendaron a sus terapeutas y me obsequiaron libros sobre duelo escritos por mujeres africanas o levantinas que habían perdido media familia en una epidemia o un bombardeo. Preferí evitarlos: suficientes pesadillas me asaltaban ya como para echar más leña a la caldera. Hubo momentos peores. Como cuando Matías Sampedro, el editor, con su calvita, su barba de chivo y su voz suave, me propuso que escribiera “la gran novela de la desgracia” y aseguró que podríamos sacarle una cascada de beneficios monetarios y de imagen. “Viene fuerte lo de construir desde el rol de la víctima. ¿Ya leíste la novela de Barbarita Santana que publicamos, en la que cuenta que su padre era un hombre frío y nunca la abrazó bien? Todos la adoran. Lleva diez mil ejemplares facturados. A ella no le pasó nada, francamente, pero llora en las presentaciones. ¿Te imaginas una novela de Arturo Murray sobre el dolor y la pérdida? Carajo: dame algo así y te pongo un millón de pesos en la mano.” Era probable que lo consiguiéramos, pero me daba asco proponerme como objeto de conmiseración pública.
Selene me miraba con su sonrisita chueca. Apenas le había hecho caso a mi agua mineral; ella se había terminado ya el café. “¿Vas decirme algo de Rosales?” Olía a perfume y volvió a tomarme la mano. Su escote era notable. No se vestía así treinta años atrás. Usaba, entonces, overoles de mezclilla, se amarraba el suéter a la cintura o se encimaba blusones que apenas dejaban intuir que había un cuerpo allá abajo. “Ya no quiero café. Mejor vente a mi casa”, estableció, impensada. Sus dedos me acariciaban ya muy brazo arriba. Pepe Grande, su marido, y Pepe Chico, su hijo, andaban de viaje en el Oriente, confesó; una misión comercial relacionada con la empresa de celdas solares que llevaban años representando en la ciudad. “Vamos a arruinar treinta años de amistad”, respondí, sólo en mi cabeza y para mí.
Casa del árbol I, 2025.
Pedimos la cuenta. Ella insistió en pagar. Mientras pasaba la tarjeta por la maquinita de cobro que sostenía el mesero, sentí que el teléfono vibraba en mi bolsillo. Un mensaje de Marco. “Hermanito: pedí trabajo en el CEPL y acaba de decirme la secretaria que hoy te ves con la directora. No me jodas si pregunta por mí, cabrón, me uuuuurge el dinero.”
El mensaje anterior a aquél lo había mandado Marco el día del velorio: “Querido: me entero de lo de Aura y estoy sin palabras. Fuerza para ti y los niños”. No recordaba haberlo visto en la funeraria, pero mucho de lo que ocurrió esa noche se nubló ante mi vista por siempre jamás. No respondí. Selene ya estaba en pie, con el bolso al hombro.
Marco Rosales me simpatizaba. Nunca dio razones que justificaran mi afecto, pero sí fue capaz de ofrecer muchas para explicar el desagrado que causaba en los demás. Lo conocí por la misma época que a Selene y su círculo, pero no en los cafés culturales, con su decoración de segunda mano y la perpetua peste a cigarro, sino en el cineclub de una librería en el centro, la Sherezada, que duró lo que vivió su dueño, un libanés con nombre que sonaba ilustre: Michel Kassem. Marco era un flaquito con los dientes manchados, vestía de negro (en realidad de pardo, porque su ropa estaba deslavada por el uso) y nunca quedaba conforme con las películas que exhibían. Le ponía peros hasta a Orson Welles. Era un pedante, pero algo entendía, en el fondo, y, con el tiempo, se dedicó al periodismo cultural y las reseñas con la entrega de un evangelista en tierra de paganos. Se hizo de enemigos: su prosa solía ser abstrusa pero, cuando se le llegaba a entender, era severa y descalificadora. En fin, Marco sería muy listo, pero nunca supo avanzar en la vida profesional. Tenía una hija y, aunque no vivía con ella, se responsabilizaba por su existencia y en sus estudios se gastaba el dinero que nunca tenía en la bolsa. Era el pedigüeño más reconocido del medio culterano nacional. Uno sabía que salir de copas con Marco era una condena a pagar la cuenta. Y él nunca se fingió avergonzado por ir a remolque de las carteras ajenas.
Marco publicó, en el periódico El Mañana, la primera entrevista que nadie me hizo, al día siguiente de que presenté mi primera novela: una página llena de condescendencia y que relativizaba los méritos de mi libro, pero que complació a mi madre igual que si hubiera sido un panegírico. Yo le tomé cariño por eso y persistí en liquidarle los tragos cuando nos veíamos. Me lo retribuyó, años después, con una nota asesina sobre mi tercera novela, a la que trató de “decepción” y “estancamiento”. Durante unos días de espanto creí que aquella nota acabaría con mi carrera. Luego me di cuenta de lo evidente: las críticas de diarios y revistas tienen un lector único: el autor del libro afectado. A nadie más le interesan.
Cuando comencé a ganar premios y recibir buenos adelantos editoriales, a Marco se le agotó el interés por mis obras. Era seguro que algo amargo tendría para decirme, si lo hubiera requerido a hacerlo, pero optó por quedarse callado y se lo agradecí. Con todo, la grieta crecía. Una noche, en plena fiesta de inauguración del Festival del Libro de Guadalajara, Esteban Gallego y yo íbamos entrando a la sala VIP, algo bebidos, cuando vimos a Marco al otro lado de un cordón de seguridad que custodiaba un cadenero del tamaño de un oso pardo. Se veía desesperado y vencido: nadie se había acordado de invitarlo. Nos hicimos los disimulados para no socorrerlo, e incluso acabamos por reírnos de él, a la distancia. Un episodio mezquino, lo acepto. Así era y es nuestro mundito.
Un tazón de rosas, los sagrados guantes, 2025.
Claro que no le dije nada de aquello a Selene ni ella me lo preguntó cuando llegamos a su domicilio esa noche. Era, la suya, una casa iluminada por grandes lámparas de luz cálida que se topaba uno a cada paso, gracias a las celdas solares que cimentaban la fortuna familiar. Mi amiga ofreció servirnos unos tequilas y acepté. Los escanció en un par en copas especiales, de cristal cortado, y brindamos, pero ella no bebió ni un sorbo. Me condujo a la sala, un espacio rectangular, dos palmos hundido con respecto al nivel del resto de la casa, y habitado por una colección de sofás esponjosos. Había plantas aquí y allá, palmas, patas de elefante, helechos y suculentas, todas de un verde ejemplar. De los muros colgaban obras de artistas jóvenes y cotizados, y ella presumió que habían sido adquiridas a buen precio en la época previa a que sus autores triunfaran. Si algo sabía Selene era apostar y especular, pensé.
Ella se descalzó, dejó caer los zapatos de tacón a la alfombra y subió los pies al sofá, sentándose sobre ellos. Yo, a medio metro, miré sus piernas suaves antes de que las plegara bajo el trasero. Pasé saliva. Mi amiga decidió relatarme unos pasajes elegidos de su pasado. Como que había luchado por años antes de lograr el puesto al frente del CEPL, pero al final del camino no la esperaban una olla de oro ni la felicidad. Al menos en casa. A Pepe Grande su carrera le era indiferente. Si Selene reclamaba alguna pequeña victoria, él se pavoneaba de lo bien que le iba con el negocio y comparaba su estabilidad y fortuna con las dificultades de su esposa en la Universidad. Pepe Chico era menos engreído, pero la carrera académica de mamá tampoco le interesaba. Estaba a cargo de clientes y contratos enormes y viajaba por el planeta con lentes de sol y gesto regio. “¿Qué más te digo?”, cortó Selene, la mirada zumbando como una abeja entre las suculentas. “Soy la fracasada aquí.”
“¿Recuerdas que te puse a leer cuentos, hace mil años?”, pregunté para atajar el aire depresivo. Noté que la copa de tequila seguía virgen en su mano. “Sí, esas cosas viejísimas que lees”, completó ella. “Creo que no aguanté ni cinco.” Era verdad. A Selene, aficionada impenitente a la poesía, no le interesaron los relatos que llegué a compartirle, salvo uno particular, tomado de Las mil y una noches: el de una doncella a la que un efrit (una entidad mágica del desierto y el mar) había secuestrado y que, cautiva y furibunda, aprovechaba el sueño de su captor para yacer con cuantos hombres pudiera. En cada oportunidad, la mujer pedía a sus amantes una sortija o argolla, ellos la concedían sin reparos y, así, la colección no dejaba de aumentar. Los protagonistas del relato eran los números noventa y nueve y cien en el repertorio de la muchacha. “Sólo te gustó ése y luego me obligaste a leer los poemas que escribió Marcelo Dosaguas sobre la placenta de su madre”, respondí, con rencor en la voz. A Selene se le escapó una risa corta y bronca como un estornudo.
Aproveché el momento para lanzar mi anzuelo del modo más abrupto que supe. “Deberías contratar a Marco Rosales. Es buen corrector de estilo. Que tu editora lo arree para que mande los trabajos a tiempo y ya.” Selene se encogió de hombros. Para ese momento, ya no tenía interés en las preguntas sobre mi amigo. Estiró las piernas, subió los pies a mi regazo y los hizo girar. Unos pies pequeños, cuidados, con las uñas finamente barnizadas; unos pies tan fríos como sus manos.
Me quedará siempre la satisfacción de que estaba sobria. Lo juro: no había tomado un sorbo de tequila y depositó la copa intacta en la alfombra antes de encaramarse en mí para que la besara.
Nunca soñé con Aura luego de que murió y tampoco lo hice esa noche, al volver a casa. Mis pesadillas eran visuales, sensoriales, sin historia. Angustia cruda. Guardé la ropa que seguía allí, sobre la cama, antes de echarme a reposar. Revisé los mensajes en el teléfono. Mis hijos, que vivían y estudiaban en lejanas tierras, mandaban fotos de sus paseos y unos saludos preocupados. Les respondí con mis acostumbradas grabaciones de voz, extensas y campechanas, tranquilizándolos. Todo estaba bien, decía siempre. Marco Rosales, por su lado, se había aventurado a enviarme unas líneas escuetas (“¿La viste? ¿Pasó algo?”) que ignoré.
Esa noche, o una de aquella semana, el recuerdo de Las mil y una noches me devolvió un sueño: muros de bronce, estatuas derribadas, rocas, sequedad a mansalva. Había murmullos en los aires que no llegaban a voces pero sobresalían de la monótona fricción del viento contra la arena. Estaba solo y frotaba sin parar mis manos vacías. La marca de la argolla de matrimonio era perceptible aún en mi anular izquierdo. Fue lo primero que vi al despertar. La piel resultaba más clara en ese diminuto listón que el oro había guardado de la luz por años.
Pandora, 2025.
Me dediqué a interponer pretextos para evitar los encuentros con los colegas. Les decía que tenía programada una cita urgente con el terapeuta y ellos se esforzaban por animarme y decían que la atención psicológica era indispensable. Comenzaron a dejarme en paz. Habrán transcurrido un par de meses antes de que quedara para desayunar con Marco Rosales, e incluso a él lo obligué a insistir más de lo acostumbrado. Nos vimos en un café que ocupaba el local en donde quince años atrás existió la Sherezada. Marco aún era enteco y menudo de hombros, aunque la edad se le notaba en la barriga saltona y la papada. Ambos estábamos en los cincuenta. Me saltó a la mente un hecho incontrovertible: al contrario que nuestros cuerpos, ya en decadencia, el de Selene estaba en su punto, suave, terso y pleno donde correspondía, aunque el asno de Pepe Grande prefiriera dar la vuelta al mundo con sus celdas solares bajo el brazo en vez de voltear hacia la mujer que compartía su cama.
Mi amigo pasó cinco minutos quejándose de “la prusiana” que coordinaba el área editorial del CEPL y del modo maligno en que no le concedía prórrogas ni extensiones a sus trabajos y lo orillaba a entregar los materiales comprometidos a tiempo. “Hay peores destinos”, repliqué, “como ser un pinche desempleado a tu edad”. Marco no estaba de acuerdo, pero le daba lo mismo. Se pidió unos huevos con tocino y dedicó su energía a elogiar las calificaciones de su hija, al fin graduada como socióloga. “Quiere pedir una beca en China, Corea, algo así. Ya le dije que le completo la lana de la manutención si encuentra algo que le guste.” Estaba orgulloso, no dejaba de hablar ni con la boca llena de pan tostado. Me pasé los dedos por la piel del dedo. Sentía la ausencia de la argolla como una alegría. Hablamos de los tiempos del cineclub en la Sherezada y el modo en que se congestionaban las venas del cuello de Kassem, el librero, cuando uno le llevaba la contraria. Marco, al final, se caló las gafas y me encaró: “Ya estoy esperando tu novelita por venir, pinche Arturo. Me imagino que vas a contar el desmadre con Aura. No me digas, si no quieres, pero seguro por ahí te vas. ¿Ya viste lo bien que le va a Barbarita? Llora y llora por su padre en las presentaciones, pero su bolso es francés. Y todo por hacerse la que sufre”. Pagué la cuenta y nos despedimos. No llegó a agradecerme la recomendación para el empleo y no consideré necesario forzar la conversación para provocarlo. Me pidió cien pesos prestados, antes de separarnos, porque no tenía cambio para el taxi. Se los di.
Perdí el tiempo de vuelta a casa y vagué por el barrio para dar oportunidad a que la señora Rita arreglara mi estudio. Aún no era capaz de escribir una línea, pero me sentaba ante el monitor y dejaba pasar cuatro o cinco horas allí, bajo el postulado de que podría ser útil para recuperar mi espacio. Ya llegaría el día de volver. O no. El estudio olía a recién trapeado. Encendí la máquina y abrí un documento en blanco. Lo dejé sin tocar. Revisé los correos pendientes de respuesta y acabé, luego de un rato, por fisgonear en las redes. Una fotografía me detuvo en el paseo. Selene aparecía en un jardín, con un vestido oscuro y discreto. A su izquierda, Pepe Chico tomaba del talle a una rubia, bien bronceada, que sería su novia. Y a la diestra, Pepe Grande abría los brazos al aire, gozoso, para demostrar ante los mismos cielos su triunfo en la vida.
Salté a unas fotografías de Barbarita, retratada con gesto compungido. A su lado, Matías Sampedro fingía encontrarse también bajo un peso intolerable; el de diez mil ejemplares vendidos. “Que la gran novela de la desgracia la escriba su puta madre”, dije, y me bastó oírlo en voz alta para darme por satisfecho. Cerré la máquina.
Hacía un día espléndido, afuera.
Era de justicia salir a navegarlo.
Imagen de portada: Rusudan Khizanishvili, El templo, 2025. Imagen cortesía de CAM Galería.