Real dragón real

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Laia Jufresa

Mi hija es una doctora. Es una doctora para dragones. Lo sé porque me lo dice cada día, todo el día, desde hace un mes cuando cerraron las guarderías. Su convicción sólo flaquea a ratos, cuando pregunta: Mamá, ¿dónde puedo encontrar un real dragón? Es ligeramente pocha. Como tiene tres años y yo no tengo ninguna ambición pedagógica, mi única misión de cuarentena es corregirle su español. La única misión de su padre es sacarla al sol una vez al día. (Lo del sol, aquí en Escocia, es relativo. Digamos: al fresco). La corrijo, pues: Un real dragón es inglés, en español decimos un dragón real. No, insiste enojándose, éste es otro tipo de real dragón, este es un real dragón real. Ah, oquei, le digo. Y realmente me doy por bien servida.


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Me prometí a mí misma que no usaría la primera persona del plural para hablarle a mi hija. Es una promesa que rompo todos los días, por lo general a primera hora. Se mete en nuestra cama muy temprano y a los pocos minutos yo ya estoy: ¡No pateamos! ¡No arañamos! ¡No, no, no nos echamos pedos en la cara de los demás, carajo!


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No sabemos si se volvió doctora pensando que así sí la dejaríamos salir de casa. Por si las dudas, ya sólo oímos noticias con los audífonos. Mientras le doy el desayuno escucho en una oreja el podcast de la BBC sobre el coronavirus. Me prometí que ésta sería mi única fuente de información pandémica y lo devoro temprano para más o menos a las nueve estar ya en post depresión global y poder hacer mis labores maternas o, si me toca ese día a mí, encerrarme a trabajar. Es otra promesa que rompo todos los días.


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En el Reino Unido nos permiten salir una vez al día a hacer ejercicio. Cuando salgo sola corro. (Es relativo. Digamos: troto). Cuando salgo con hija la voy pastoreando para mantenerla a dos metros de distancia de quien sea. Quiero hacerlo de manera amena (de igual modo que, cuando suenan las ambulancias, cantamos niiino niiino y bailamos) pero no me sale. A las dos cuadras ya estoy: ¡No, no nos acercamos a la gente!


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En el Museo de la Cirugía de Edimburgo, por el que antes pasaba a diario pero que ahora me parece un lugar remoto porque no está en mi barrio, un día escuché algo que me cambió la idea del pasado como cuando algún primo manda a imprimir las diapositivas y uno se entera de que en 1950 la abuela ya se pintaba las uñas de un anaranjado ochentero. Lo que oí fue: Antes de la invención de la anestesia, los hospitales eran los lugares más ruidosos del mundo.


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Amigos de grandes ciudades me escriben: El silencio, ¡es increíble! Amigos de otras grandes ciudades me dicen: El ruido de las ambulancias, ¡es insoportable! A veces me dicen estas dos cosas amigos que viven en distintas partes de la misma gran ciudad. Su percepción, supongo, está simple y directamente relacionada a qué tan cerca de un hospital viven. En una ciudad acallada, los hospitales y sus tentáculos vuelven a ser el epicentro del ruido.


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He notado que cuando salgo a trotar, si alguien no respeta los dos metros y yo no tengo para dónde hacerme, dejo de respirar. Esto tiene un fundamento científico igual a cero, pero no lo puedo evitar. Y sospecho que no estoy sola. Debemos de haber millones de personas en el mundo haciéndolo. Es un nuevo síndrome. Apnea Involuntaria Por Cercanía Humana.


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En la primera persona del plural nunca habíamos cabido tantos. No porque el virus unifique, por supuesto, ni mucho menos equipare, al contrario. Pero nunca habíamos estado tantos viviendo una situación tan similar al mismo tiempo en tantos lados. ¿Cómo vas?, le escribo a una amiga brasileña después de una década sin noticias. ¿Cómo lo llevas?, le escribo a un amigo en la India que no he visto en quince años. Todos contestan, todos saben a qué me refiero. Nunca habían sobrado tanto los preámbulos.


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Me asomo desde la sala para entender un sonido. Es mi hija que va con un objeto no identificado de plástico rosa. No sé de dónde salió, seguramente del charity donde a veces nos compro juguetes por cincuenta centavos. Lo identifico: sirve para hacer masajes. Pero ella lo empuña con las dos manos y, estirando los brazos, lo hace zigzaguear por todo el pasillo. ¡Lejos!, le ordena: ¡Lejos del coronavirus!


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También, nunca antes cupimos tantos en el departamento. Somos tres personas reales, pero muchas más reales personas reales. A la mayoría los conocemos desde antes de la pandemia. Cara, por ejemplo, vive con nosotros desde hace mas de un año. Al principio me incomodó su omnipresencia. Le pregunté a la maestra de la guardería si le parecía normal que una niña de dos años tuviera amigas imaginarias tan concretas. Me dijo que nunca lo había visto en veinte años de trabajo, pero que anormal no era. Me di por bien servida. Pero a la tercera semana de cuarentena me vuelvo a incomodar cuando empiezan a brotar versiones invisibles de los amigos de verdad. Le escribo a los papás. Organizamos desastrosas videollamadas infantiles.


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Un día estoy desayunando de pie, por la simple razón de poder pegar las nalgas a la calefacción, y de pronto noto que mi hija me mira con curiosidad desde por encima de su yogurt con plátano. ¿Qué haces?, me pregunta. Chin, me cachó hablando sola. Improviso: Estoy platicando con la mamá de Cara. Se queda muy satisfecha con mi respuesta.


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De niña me daban envidia los niños con amigos imaginarios, así que me inventé que tenía unos cuantos. Ahora sé que lo mío era trampa. Los amigos imaginarios de mi hija son reales, los míos eran ficcionales. Siguen siendo. No sé a qué edad empecé a hablar con real gente real todo el día. Pero sí sé a qué hora del día, en la vida normal no pandémica, paso de las noticias a la novela, de mi hija a mis personajes. Es un tránsito que empieza en cuanto su papá se la lleva a la guardería. Pero ahora: ¿cómo voy a transitar correctamente con todos metidos en la misma pinche casa? Me divierte notar que entre mi gran horror (por los muertos y los enfermos, por las muchas crisis que se vienen) y mis pequeños horrores (el de engordar por encierro, el de que se nos acabe el vino o el papel de baño) hay un horror intermedio. No de que mi familia se meta con mi novela, sino de que se meta en mi novela. Todavía ni sucede y yo ya estoy: ¡No, no, no escribimos auto ficción, carajo!


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Encuentro a mi hija pegándole curitas al objeto rosa. Es mi dragón, me informa: Se hizo ouchie. Mi entusiasmo es genuino. ¡El real dragón real ahora es real-real! Le salió cuerpo. Fin del embrollo ontológico. Quizá los cincuenta centavos de libra mejor gastados de mi vida.


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Hasta donde alcanzo a entender el embrollo actual es epidemiológico pero también sistémico, epistémico, estadístico, geopolítico y económico. A ratos ético. A diario épico. Pero ontológico no. El virus es. Y frente a esa claridad se nos empaña, por orden cronológico si no de prioridades: lo que debió ser, lo que no es, lo que será.


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La Ministra principal de Escocia recién dio una rueda de prensa donde, a diferencia del gobierno inglés, abogó por la transparencia. Así, con total transparencia y tratándonos —en sus propias palabras— como adultos, nos informó que lo más seguro es que quién sabe.


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En agosto —tal vez quién sabe— mi hija empezará la escuela. Irá a la pública de enfrente, que no es en inglés sino en gaélico escocés, una lengua celta que, al menos en mi cabeza, suena a élfico de Tolkien. Yo en gaélico escocés sólo sé decir gracias. Pero a la cuarta semana de encierro me digo que ya estuvo bueno de corregir español y empiezo a buscar lecciones. Mi hija también debe estar lidiando con sus propios hartazgos porque al terminar una videollamada con su amiguita, grita furiosa: ¡Quiero ver gente REAL!


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Mi primer gran amor empezó por chat. Cuando digo “investigar” generalmente me refiero a googlear algo. Siento a los amigos con los que me escribo mails más cercanos que los que tengo cerca. Pero igual me apanica imaginar que mi hija vaya a la escuela en línea. Este desdén por el internet me hace sentir real, pero de una manera ligeramente moralina. Mientras que mi adicción al internet también me hace sentir real, pero de una manera más precaria, más primaria. ¿Más humana?


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También he notado, en mis caminatas, que la gente que va platicando con gente real-real levanta sospechas. ¿Se dieron cita pese a las reglas de no verse con amigos? Porque, si viven juntos, ¿qué pueden tener para decirse a estas alturas de la cuarentena? Es un viejo síndrome. Desprestigio Por Envidia.


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¿A qué juegan?, pregunta mi marido asomándose a la cocina. Estamos repitiendo sonidos imposibles frente a un video de youtube. We’re counting in garlic!, dice mi hija. Gaelic, la corrijo, sin la erre. ¿Cómo se dice siete?, pregunta el papá. Tap-la, digo yo, y él se da por bien servido. (Pero tap-la significa gracias y no tengo ni idea de cómo se escribe).


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Se me ocurre que dedicarse a escribir ficción requiere un equilibrio constante entre la fascinación y el repele por la gente real-real.


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Si lo hubiera dicho mi hija, yo le diría: No decimos el repele. No le podría decir “es verbo, no sustantivo” porque eso ya lo dijo Arjona y se me activa el cursímetro. Pero mi hija no dice el repele. A mi hija no le sale la erre. O, como no se cansan de señalar los amigos que ahora se aferran al zoom como antes al bar: Habla como gringa.


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La balanza de su bilingüismo se inclina según con qué abuela hizo el más reciente Skype. Si la oímos exclamar: Oh, dear! es que habló con mi suegra. Si después de soltarnos algún cuento aclara: No es cierto, nomás andaba vacilando, es que habló con mi mamá. Su sentido de la identidad también varía. De soy una vaciladora pasa a I’m so silly! Es imposible saber qué dirá de ella misma cuando aprenda gaélico. Me da nostalgia que no le voy a entender.


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No me interesa hornear pan de pandemia. Me deja indiferente el ímpetu repentino por plantar tomates. No siento más que extrañeza por los que limpian febrilmente. Pero no estar registrando por escrito me da culpa. Como siempre. Cuando estaba embarazada me sentía mal de no describir las variaciones corporales. Desde que parí vivo con culpa de no anotar lo que mi hija dice y de no llenar cuadernillos con mis elucubraciones sobre la maternidad. Me da pena que en realidad no pienso nada sobre la maternidad. (Es verbo, no sustantivo.) Ahora me da culpa no llevar un diario de la cuarentena. O quizás nomás me da nostalgia que no me voy a entender.


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Esto es lo que sé, gracias al diario atisbo permitido, sobre la primavera 2020: Al principio del encierro no había flores. Salieron las flores. Se están empezando a caer las flores.


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El cursímetro se me apaga los jueves, a las ocho de la noche en punto. Es el momento en que en el Reino Unido abrimos las ventanas —yo envuelta en cobijas— y aplaudimos y coreamos por el Sistema Nacional de Salud hasta desgañitarnos. A mí que ni el futbol me activa el nacionalismo mexicano, a mí que ni el discurso de la reina me trastocó la vena anti imperialista que me mantiene al margen aquí, todos los jueves sin falta me quiebra el aplauso al NHS. Quiero pensar que esta emoción no es patriotismo sino algo más como humanismo o universalismo. Que le estamos aplaudiendo a todos los doctores y enfermeras del mundo. Que estamos adueñándonos del ruido, aligerándole por un nano segundo la carga a los hospitales. Pero quién sabe: ya hemos visto que en sistemas de salud se dibujan las diferencias y las fronteras. Y para hacerme dudar más, están las gaitas. En la calle una vecina, en riguroso kilt tartán, toca la suya a todo volumen (no hay otra manera de tocar la gaita) como por diez minutos y eso ayuda, estoy segura, a que aguantemos el aplauso más tiempo, y también aumenta la emoción que el ritual nos provoca. Me pregunto entonces si el nacionalismo escocés no se me estará metiendo como por ósmosis, o como se mete un virus: en un descuido. Y me pregunto también si uno no es, también un poco, de donde sus hijos crecen. Si uno no es o no será, en parte, de donde pasó esta cuarentena. Es un embrollo identitario pero no —al menos no por ahora ni por las siguientes tres semanas, tal vez meses— logístico. Somos de donde estamos. Somos donde estamos. Y buena suerte explicándole a sus hijos pochos que en épocas normales esos son dos verbos, no uno.


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Cuando en el futuro mi hija me pregunte cómo pasamos la época del coronavirus, le entregaré este texto. Es un real diario real, le diré. Y ella se dará por bien servida.

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Imagen de portada: Dentro de un dragón chino, ca. 1850. Wellcome Collection CC